C - Cuentos y La Abuela Tatiana.

La Isla del no Habla.

LA ISLA DEL NO-HABLA.

 

 

Érase una vez en un mar lejano, una isla de donde provenían extraños rumores sobre las gentes que allí vivían.

Decían que no eran normales, que no hablaban, por lo menos de la forma usual.

Ellos hacían entender a los pocos extranjeros que allí llegaban que los ojos eran la fuente más grande de palabras y que la intensidad de las miradas eran las diferentes tonalidades de sus singulares conversaciones.

No es menos cierto que también ayudaba la boca y las facciones de la cara pero como mero decorado de sus profundos ojos.

Pues allí, las gentes, quizás por el uso que les daban, tenían los ojos mas hermosos que se halla podido ver.

Cuando hube aprendido (aunque el sentimiento mas bien era haberlo recordado) aquel idioma pude apreciar sus grandes ventajas sobre nuestro lenguaje habitual.

No daba lugar a la ficción, a la mentira y el amor que se respiraba entre estas gentes también era inigualable, pues la comunicación era perfecta y de total entrega.

Recuerdo cuando conocí por primera vez ese dulce placer que produce el mirar cara a cara a una de las personas de aquel lugar, yo era torpe y principiante.

Sus ojos eran de lo mas bellos que yo había  visto. ¿Su color?

Color borde del mar, justo donde la transparencia azulada del agua se mezcla con el suave color de la arena.

Como dije, yo era de lo más torpe todavía para traducir aquellas miradas aunque ya dentro de mí se formaban imágenes y sensaciones cada vez mas profundas.

Claro que para una novata en cosas tan sumamente importantes, la duda esta siempre presente, sobre todo que tuve que haberme ausentado de aquel lugar al menos una “eternidad” y fue cuando al comunicar otra vez con las gentes de habla  vocal cuando se me hizo hasta doloroso comprobar que no se me creía. Ahora eran otros, fuera de mí que insistían que aquello no era más que un mero sueño, una fantasía mía. Me asuste y la duda me atenazo, pero decidí postergar mi parecer y no dejarme vencer.

Todos los días me acercaba al agua, al puerto a mirar los mástiles de los barcos erguidos en el aire y allí por fin podía irse la duda.

De día y a veces de noche miraba los azules ojos del mar que me devolvían mis pensamientos y rogaba por aquella isla para que el furor del mar no se despertara, que tuviera paz y tranquilidad en medio de su inmensidad.

Paseando el mar, una y otra vez, una de las noche, su presencia acunando mi soledad, divise un barco, muy especial, sus formas eran atrevidas, elegantes, rebeldemente bellas.

Sus contornos eran reflejados con perfección en el tranquilo espejo donde descansaba.

Navegue con el hacia la isla.

No maree, no me asuste, solo anhelaba llegar  y  Llegue. Tierra. Tierra al fin.

Se acordaban de mi, no era fantasía, allí estaba. El suelo duro y falto de movimiento fue chocante y sentí un leve mareo. Me sonreí. De la mar a mi…

Fui bien recibida y por fin me sentí en casa. Como amaba aquel lugar, ya nadie, ni nada me lo quitaría. Ni tempestades, ni naufragios, ni barcos frágiles, ni mástiles rotos. Todo aquello era ya parte de mí.

Conocí al más anciano de los pescadores que allí vivía y el que contaba las historias y leyendas de aquel lugar.

Claro que en palabras es difícil de relatarlas o transcribirlas ya que a nosotros nos fue contado por supuesto en el idioma local.

Pero intentare relataros una de todas ellas.

 

Érase una vez en un lugar lejano, un mar lejano y una isla de donde provenían extraños rumores. Se contaba que allí la gente tenía unos rituales muy extraños a parte de que no hablaban.

Cuando una muchacha y un muchacho de aquel lugar se sentían atraídos, se miraban largamente a los ojos hasta estar lo suficientemente seguros,

Fuera de toda duda se adentraban en la mar y allí unidos se amaban. Si su amor era lo suficiente intenso, en agradecimiento la mar les brindaba su casa y su amor, de su entrega y de sus cuerpos unidos nacía una hermosa embarcación que se iba alejando hacia el horizonte.

También contó aquel anciano que todos ellos eran sus antepasados.

 Y que con el tiempo, todas estas embarcaciones se convertían

 En espuma blanca, decorando con murmullo la eterna canción de la mar.

 

Pensé, que algo no me cuadraba o no habría entendido, pero quien era ya para Intelectualizar asuntos ajenos.

Lo que si comprendí de pronto porque el mar o la mar me parecía mirar.

Y me fue imposible calcular de cuantos ojos era ese mirar…

Pero aseguraría haber visto una mirada color borde mar.

 

Gracias a Canarias por esa Copla, que me ha mantenido a flote:

“Fui a la mar, buscando naranjas, cosa que la mar no tiene,

Metí las manos en el agua, la esperanza me mantiene…

 

Persona Celeste Atalaya-

a un Marinero Catalán – Josep María

(Alicante -abril 88)

 

(Cuaderno a mis antepasados.)

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